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La vuelta del verano ha supuesto un buen flujo de llamadas telefónicas y correos pidiendo ayuda porque el matrimonio va mal.
Buscan ayuda porque se han dado cuenta de que sus problemas van más allá de lo que habitualmente se resuelve con un paseo, una conversación profunda y un abrazo. Y por eso no dudan en acudir a alguien que les ayude a reparar aquello que no va bien.
Pero primero hay que pasar por una fase de limpieza a fondo en casa. Y eso va para todos: No podemos barrer debajo de la alfombra mirando para otro lado si pensamos que tenemos problemas, pequeños o medianos. Debemos afrontarlos con valentía y tratar entre los dos de resolverlos.
Pero si veis que no lo lográis, no lo dudéis. Levantad la bandera roja. Ese será vuestro primer triunfo. A mis clientes suelo decirles que al tomar la decisión de buscar ayuda, poniéndose en manos de un profesional, ya han recorrido el 70% del camino. Porque ya están juntos en eso. En querer resolver, hasta el punto de abrir su caja de los truenos a una tercera persona. Y digo hasta el punto porque realmente cuesta dar el paso. Pasan semanas, a veces meses desde que se ve claro que necesitan ayuda hasta que descuelgan el teléfono.
Es normal. Estamos hablando de los tejidos más íntimos de la relación y por tanto de la persona. Y cuesta dejarse ver por dentro. Y reconocer todo aquello que no hemos hecho bien. Cuesta mucho. Pero vale la pena. Vale la pena dejarse guiar por alguien que os entienda y que os ayude a remontar. Que os acompañe en el camino de vuelta. Porque queréis seguir siendo felices juntos