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Inés y Pedro son unos clientes que están en una situación extrema planteando ya la ruptura. Todo porque él continúa aferrado a sus salidas nocturnas. Las copas después del trabajo, las salidas con los colegas hasta entrada la noche parecen imprescindibles. Ella ha dicho hasta aquí hemos llegado. El no sabe o no puede prescindir. Dos hijos y todo un proyecto de vida en común enterrados en vida.
Me viene a la cabeza otro caso en el que ella ha llevado al límite a su marido y pone en juego su matrimonio de diez años por no aprender a poner en segundo lugar a su familia de origen:
“No pienso dejar de quedar con mis hermanos. Me lo paso genial con ellos y si él no quiere venir peor para él”.
“A mi me parece natural que mis padres opinen y participen de nuestra vida familiar. Al fin y al cabo son sus nietos. ¡Y yo soy su hija!”
Frases como esta, cuando expresan un exceso de vinculación con la familia de sangre pueden crear algo mas que incomodidad en nuestra pareja…
Y aquel que a punto de tener su segundo hijo no era capaz de abandonar su querido fútbol. Tanto el estadio como los entrenamientos y los partidos. Todo ello con sus correspondientes momentos de hermandad y amistad posteriores. Y ella en casa harta de no poder contar con él.
Estas situaciones presentan un denominador común que es la falta de madurez para asumir las responsabilidades propias de la vida de la nueva familia creada: la propia.
Algo que no es infrecuente.
La buena noticia es que con el tiempo, un buen rodaje y a veces asesoramiento, resulta relativamente fácil ayudarle a aterrizar en el “nuevo” escenario.
No hay que olvidar que no hay mala fe. Eso no lo justifica todo pero ayuda a comprender más, creo.